5 de septiembre de 2010

Sin título III

Julia se remueve y parpadea con fuerza para aclarar la vista. Entrecierra los ojos porque la luz le quema las retinas. Tiene la boca pastosa y el estomago revuelto, la cabeza le da pinchazos, supone que de ahí que la luz le parezca tan intensa. Se incorpora poco a poco, para tratar de evitar que su cabeza palpite con fuerza. Huele a sal y a pez, aún están en la playa, desde anoche.

Anoche…

Mercè duerme a su lado y le pasa un brazo por la cintura, Vicent esta despatarrado sobre la arena a su otro lado. Las dos botellas de mistela están medio enterradas en la arena blanca.

Anoche. Anoche recuerda que quedaron después de cenar en la cala de siempre, cerca de casa de Mercè pero oculta de miradas indiscretas y maternas. Ella ya estaba en casa de la pelirroja cenando, así que se bajaron juntas y al cuarto de hora recuerda que llegó Vicent sonriente y con una botella en cada mano, interrumpiendo la conversación de las chicas.

- Os he traído un regalito…- canturreó Vicent refiriéndose a las botellas.
- Bien- recuerda que asintió Mercè y señalándola con el dedo informó- Porque Julia lo necesita.
- ¡No necesito beber!- rebatió Julia.
- ¡Oh, claro que necesitas beber!- Se dirigió hacia Vicent y cogiéndole de la camiseta le obligó a agacharse y con un susurro confidente, aunque lo suficientemente alto para que su rubia amiga lo oyese, le dijo- Lleva todo el día hablándome de lo mismo.
- ¡No es verdad!- desmintió. Vicent solo bufó y sonrió un poquito.
- ¿Qué ha pasado?
- Ale, haya vamos de nuevo- se resignó Mercè y Julia le pegó un flojo puñetazo en el hombro. La tarongeta se sobó el hombro y se tumbó en la arena.

Julia le contó lo que había pasado ayer, el como estaba en la playa y había aparecido una gilipollas de la nada y se había puesto a importunarla y a burlarse de ella como si fuera un puto deporte olímpico el meterse con ella, sus canciones y su pueblo. A Mercè le parecía sumamente exagerada la manera tan indignada con la que contaba una y otra vez la misma historia. Parece ser que Vicent también lo encontraba exagerado, pero se guardó de decir nada al respecto.

- Eh, olvídate de esa. Seguro que no la vuelves a ver en tu vida.
- Eso espero- dijo Julia.

Recuerda que después de eso abrieron la primera botella y hablaron, jugaron y bebieron. A la hora había caído la primera botella y ya iban perjudicados, pero continuaron con la siguiente que les duró otras tres horas. Eran las cuatro de la mañana cuando reían a voces sin pensar que alguien podía oírles y Mercè propuso jugar a “yo nunca” pero, como no les quedaba más bebida, tenían que quitarse una prenda. Julia rebatió que ese juego entre ellos era absurdo, eran amigos y lo sabían todo de todos. Vicent aceptó, no podía perder la oportunidad de ver a Mercè sin ropa, era lo único que tendría de ella. A parte de su amistad, claro.
Empezaron a jugar y fueron Julia y Mercè las que se quitaron más prendas. Se hicieron todas las jugarretas posibles entre ellos, incluso las chicas se aliaron como último recurso ante las preguntas de Vicent. Poniendo sobre la mesa todo los momentos ridículos y innombrables del moreno.

- Sois unas malas perras, ¿lo sabéis?- La respuesta de las chicas cuando se quitó los pantalones fue chocar las manos y sonreírse.

Habían ganado. A Vicent solo le quedaba la ropa interior por quitarse, Mercè aún le faltaban los calcetines y a Julia la camiseta. Sin previo aviso Vicent se levantó y embistió contra ellas cogiendo a Mercè, la más pequeña y ligera por la cintura, cargándosela al hombro y corrió hacia las olas donde la tiró.

- Ni se te ocurra- le avisó amenazante aún sentada Julia cuando volvió.

Aunque su mirada intimidaba un poco, Vicent, mojado de cintura para abajo, no se achantó y la arrastró de los pies hacia al orilla. Julia intentaba zafarse de sus garras, pero no dejaba de reír. La primera ola la sorprendió y se atragantó. Vicent la soltó y de repente una cosa pequeña y pelirroja le asaltó por la espalda tirándolo casi encima de Julia.
Fue al rato, cuando ya estaban mojados y salados de arriba abajo, cuando habían estado borrachos saltando olas, fue entonces cuando Vicent empezó a cantar a grito pelado:

Soy cantor, soy embustero,
me gusta el juego y el vino,
Tengo alma de marinero...

- Eso de “cantor” lo dudó…- le susurró con Mercè a Julia, riéndose las dos después como tontas. Cantaron con él:
¿Qué le voy a hacer si yo…
Nací en el Mediterráneo?
¡Nací en el Mediterráneo!

Sonríe después de recordar la noche. Tiene ganas de reír pero no quiere despertarlos, aunque sería hora.
Está será la última fiesta junto al Mediterráneo antes de empezar la universidad. Y la recordará toda la vida.

20 de agosto de 2010

Sin título II

Está sola, hoy. Vicent ha bajado a la capital ha comprar no-se-qué material para el curso que iba a empezar y Mercè está ayudando a su madre a limpiar y pintar la barca que usa para ir a pescar. Así que se baja a la playa, aunque era verano ya no se ve tanto turista ni tanta gente a estas horas, ha amanecido con un cielo repleto de negras nubes de tormenta que parecen reticentes a marcharse. Seguramente habría tormenta por la noche.
Y allí está, sentada en la arena con la guitarra entre sus manos preparada para desgranarle a la mar alguna melodía.

La brisa del mar mezclada con el viento de tormenta remueve sus cabellos dorados y oye tintinear sus pendientes cuando chocan contra su cuello, cierra los ojos y respira profundamente.

A su abuela le gustaba pasear por la playa justo antes de que se produjeran las tormentas. Su abuela Julia. No sabe porque sus dedos rozan las cuerdas de la guitarra, tocan los acordes de una canción de los Beatles que lleva su nombre. Aún con los ojos cerrados se sumerge en la canción y murmura la letra.

Julia, Julia, morning moon, touch me
So I sing a song of love, Julia.
When I cannot sing my heart
I can only speak my mind, Julia.
Julia, sleeping sand, silent cloud, touch me
So I sing a song of love, Julia

Está tan concentrada en la canción que incluso parece formar parte de ella y le parece que otra voz canta la canción. Incluso los “mmms” le suenan más vibrantes y cercanos. Pero, como todo, la canción llega a su final con un sin fin de “Julias”, y deja de rozar las cuerdas y le embarga un sentimiento nostálgico… Pero el momento es casi perfecto: las primeras gotas de lluvia, la mar, los restos de una canción agridulce y…

- Estos Beatles siempre tan cursis.

Julia tan ensimismada y concentrada en la canción pega un pequeño bote asustada. No se había percatado de que nadie más estaba allí y se gira y la ve: es una joven de pelo negro y corto, labios pintados de rojo que sujetan un cigarro medio consumido, y chupa de cuero ajustada al cuerpo que la mira con una sonrisa de medio lado un tanto perturbadora y ojos burlones.

- Aún así parece que te sabes la canción- le contesta un poco azorada, con las mejillas un tanto tintadas de rojo. Sorprendida con las defensas bajadas.
- Son cosas que pasan, nena- le guiña un ojo y le da una calada al cigarro- ¿Te he asustado?- pregunta con un tono de burla.

“Gilipollas” piensa Julia. Pero ¿quién coño se cree esa para burlarse de ella? ¿Por qué coño sigue ahí plantada? ¿Por qué la mira tan fijamente? ¿Por qué le está poniendo tan nerviosa?
Julia vuelve a girarse para fijar su mirada en el mar cuando siente que la chica se ha sentado a su lado, muy cerca y demasiado.

- ¿No te aburres en este pueblucho?

¿Pueblucho? Entrecierra los ojos sin dejar de mirar las olas. Esperando a que la otra chica se canse de su silencio, se levante y se largue de una vez. Qué se largue con ese perfume que despide mezclado con tabaco que le resulta un poco mareante y que se lleve con ella las putas mariposas de su estómago.

- ¿Cómo te llamas?-le pregunta, Julia se gira y ve cono pega su última calada al cigarro consumido, como el humo sale de entre sus labios pintados y se marcha con el viento de tormenta, y la hipnotiza. Un chasqueó de lengua le devuelve al mundo.
- Julia- contesta secamente, volviendo a fijar su mirada en el agua marina. Determinada a no volver a mirarla.
- ¿Cómo la cursilería que has tocado?- se ríe y un escalofrío de rabia recorre el cuerpo de la rubia, solo y solamente de rabia- Seguro que tus padres se magrearon con esa canción.
- Seguro- contestó sarcástica.
- Me largo- informó la pelinegra- Hasta nunca nena- se levanta y se espolsa la arena sin ningún cuidado por su se la tira a Julia que solo aprieta los dientes. Con grandes zancadas se aleja de allí y al rato desaparece con el rugido de una moto carretera abajo, dirección a la capital.

Eso espera Julia, que sea “hasta nunca”. Menuda desagradable gilipollas, si todos en la capital son así no sabe como coño va a conservar la cordura y el pacifismo, porque ha tenido verdaderas ganas de rodearle el cuello con las manos, tumbarla e inmovilizarla contra la arena y besarla hasta que deje de respirar…

¡¿Besarla?! Quería decir “ahogarla” no besarla. ¿Para qué? No es como si ella quisiera besarla. No, no, no. A Julia no le gustan las mujeres, no. Menos aún esa gilipollas insufrible. Esas mariposas y sentir la cabeza totalmente embotada de sangre ha sido por la rabia, los nervios no eran ese tipo de nervios. No. Le temblaban las manos por la rabia, la furia que ha despertado y que nunca había sentido.

Entre sus cavilaciones empiezan a caer las primeras gotas de tormenta y un rayo cae mar adentro. Cuando se da cuenta está bastante mojada y la mar se ha enfurecido de la misma forma que ella. Cogiendo la guitarra sin taparse la cabeza corre lo más rápido que puede hacía casa. Necesita sentir el viento frío chocar contra su cara.

Porque está tan caliente de furia que siente que va a arder espontáneamente si no se le enfría la cabeza y el cuerpo.

15 de agosto de 2010

Sin título I

Julia. Todos la llaman Julia. Por su segundo nombre, el nombre de su abuela materna. Ya se ha acostumbrado, su primer nombre es como si no hubiese existido nunca, solo se acuerda de él cuando algún desconocido hojea su DNI o cuando le llama algún nuevo profesor. Siempre le ha costado responder a ese ajeno nombre. Ella es Julia, y siempre será Julia. Esa niña de cabellos rizados y dorados, ya no tan rizados e igual de dorados; con esa sonrisa amplia, expansiva y sincera que se ha dulcificado; esa niña delgadita y bajita, ya más curvada y no tan alta como hubiese deseado; esa niña de grandes ojos azules y expresivos que miraba el mundo con un inmenso interés; interés que ha menguado con los años. Se ha convertido en una joven que aparenta menos de lo que tiene, pero sabe más de lo que aparenta.

Le encanta el mar, nunca podría vivir sin saber que cerca suyo esta el mar. Le gusta tocarle baladas al mar, es su más íntimo confidente; cantarle sus alegrías y tristezas a capela, mientras llora o ríe. Lee la prensa por la mañana mientras mastica una tostada con mermelada de frutas de frambuesa y bebe zumo de naranja; estudia por las tardes, lee Whitman por la noche y fantasea con un mundo mejor y menos real que en el que vive. Escucha música de otro siglo, loa a los grandes de los '70 mientras susurra sus letras y aprende sus acordes. Esa es Julia, la que está estudiando duramente en su último año de instituto para poder entrar en la facultad que quiera, porque, entre una de las cosas que es Julia es bastante más insegura de lo que le gusta reconocer; sopesa las cosas mil y una veces e intenta no dar pasos en falsos porque riesgo no es una de las palabras que entra en su vocabulario personal.

Julia tiene amigos, pocos, se pueden contar con la palma de una mano, siempre ha sabido que era suficiente. Pocos, muy buenos, confiables. La conocen al dedillo y ella los conoce a ellos y los quiere aunque a veces tenga ganas de tirarlos por la ventana. Mercè toca el piano y a veces se juntan en su casa, cerquita de la costa, y le tocan a la noche; al mar y a la luna. Mercè, con esos ojos miel, llena de pequeñas pequitas que se llenan de color en verano, con esa dulce voz y esa melena leonada llena de rizos pelirrojos: tarongeta la llama su madre a lo que ella frunce el ceño, pero se sabe que el día que no oiga más ese apodo llorará hasta al extenuación. Su madre es la única familia que tiene- después de que muriese su abuelo- y la pescadora se esfuerza para que su hija tenga estudios y un futuro mejor. Julia vive con sus padres, matrimonio de esos que poco quedan, de esos en los que aún se respira amor entre los cónyuges incluso después de 20 años juntos, su abuela materna también murió y sus cenizas las cobija ahora el mar. Vicent es su otro pilar, ese chico con el que se puede hablar de todo, en cualquier momento y con cualquier entonación e intención. Es con el que comparte largas charlas filosóficas mientras él está pescando en el espigón, a la luz del atardecer mientras Mercè tararea alguna cancioncilla tradicional y busca algún bicho de mar entre las grandes rocas, con los vaqueros arremangados por encima de los muslos. Vicent, al que llaman van Gogh, porque se le da de miedo pintar y lo hace de una manera tan expresiva que te se saltan las lágrimas al ver tanto talento en tan poca chicha. Vicent es alto, espigado y delgado. Lleva el pelo negro muy corto y barbita de pocos días. Es más mayor que ellas, un par de años, aunque no los aparente. Estudia en la capital Bellas Artes pero vuelve todos los días en autobús a casa; les confesó que no podría estar un día fuera de su pequeño pueblo y lejos de su gente. Tiene las manos finas y tersas como las de una chica y tiene los ojos más bonitos que Julia ha visto nunca rodeados de una espesísima fila de pestañas negras, de un color indescifrable que muda con su humor y con el tiempo. Se lleva de miedo con la madre de Mercè con la que se va muchas noches a pescar y vive con sus tíos- sus padres murieron en un accidente cuando él era un renacuajo- y los considera sus padres. Su tía es profesora del instituto y Julia mantiene largas charlas con ella sobre política y actualidad. Muchas veces se reúne con ella después de las clases.

Si algún día le preguntaran cual es, hasta ahora, el mejor día de su vida diría que aquel en el que Mercè, Vicent i ella se tumbaron en la playa a ver la lluvia de estrellas de finales de Julio, con el mar lamiendo sus cuerpos tumbados en la orilla. Una noche muy cálida y con apenas brisa marina. Ese día en el que rieron y hablaron y vieron salir el sol y se durmieron enredados los unos en los otros mientras los primeros y más madrugadores pescadores salían a la mar.

Por supuesto a Julia le gustan los chicos. La primera vez que conocieron a Vicent estuvo a punto de enrollarse con él pero ambos sabían que no iba a funcionar. Vicent bromea con Mercè cuando mira más de lo que debe a una chica y ella solo le guiña un ojo y le saca la lengua. No ha dicho nada nunca, pero no hacen falta palabras cuando se conoce a una persona tan bien como Julia conoce a la tarogeta. Julia se ha percatado que Vicent también suele mirar más de lo debido a Mercè, aunque sabe que la guerra está perdida de primeras.

Claro, lo que Julia no sabía mientrás estaba sentada en el balcón de su habitación con los pies colgando de entre las barabdillas blancas, mientras respiraba la brisa del mar y escuchaba 'Till tomorrow era que esa y otras muchas cosas más estaban a punto de quebrarse como la tierra en tiempos de sequía. Que esa seguridad fingida suya iba a desplomarse sin previo aviso una tarde de verano.

1 de agosto de 2010

I

Atraviesa la puerta, sin darse cuenta que no ha llegado a cerrarse del todo. La casa está en penumbra, la luz de las farolas atraviesa los cristales sin cortinas echadas. El silencio se rompe por la respiración acelerada de alguien que está al borde de un ataque de nervios, sin oxígeno que le llegue a los pulmones, al cerebro, al corazón…

“¿Corazón? ¿Como puede tener alguien como ella eso?”

Tiembla de arriba abajo. Da dos pasos y enciende la luz. Toda la estancia se ilumina. Se refleja en el espejo y se ve llena de sangre, de la cabeza a los pies, sus ojos incrédulos se reflejan en el pequeño espejo. Se asusta y trastabilla hacía atrás cayendo al suelo, sus manos manchan la moqueta de carmesí.
- ¿Qué…qué coño está…?
Rompe a llorar. Se siente sucia, confusa, asustada, horrorizada. La angustia atenaza su tráquea, la ahoga. Vomita.
Su mirada es la del máximo estupor y sorpresa. Esta paralizada. No sabe qué hacer, cómo reaccionar.
- Heather…
Así se llama. La están llamando.
- Estoy aquí…- susurra, sin mover más músculo que la lengua- Estoy aquí- reacciona, se agacha a su lado y la abraza fuertemente. La mece contra si mientras oye sus sollozos quedos y rotos- Estoy aquí- repite mientras le acaricia la cabeza.

Han pasado 3 semanas y no hay un día en el que Heather se levante sin tener pesadillas. No hay un día que no piense qué pasó esa noche. Pero, no sabe porqué, tiene miedo a preguntar, le asustan a las respuestas… Pero ¿hay respuestas?


**
No prometo que continue. Siento que sea tan poca cosa y que no valga mucho la pena, pero desgraciadamente últimamente no doy para más.

23 de septiembre de 2009

Primptemps

Mira un momento hacia abajo y descubre que lleva los botines llenos de polvo terroso. No le importa, incluso sonríe y continúa su camino. Llega a un pequeño paraje, un huerto abandonado donde el único habitante es un gran algarrobo de, puede incluso, cientos de años.

Se sienta con cuidado en uno de los tantos nudos del magnifico árbol y inspira un momento el fresco y perfumado viento provenzal de tramontana. Del invierno solo quedan los resquicios fríos del viento, las flores empiezan a florecer de nuevo y los aromas a flotar en el ambiente.

Arrebujándose en su chaqueta de gruesa lana lila y colocándose mejor la bufanda marrón saca el mp4 que lleva en su inseparable bolso de flores de colores explosivos y lo enciende, poniéndose los cascos empieza a sonar un triste sonido de guitarra acompañado por un melancólico piano. Saca el pequeño libro de tapa verde en el que pone Hojas de Hierba y lo abre por una página al azar y empieza a recitar en susurros mientras la dulce voz de George Harrison le canta al oído “forgive me lord,
please, those years when I ignored you”
.

Sí la poesía no se recita, nunca sabes como es su música” le dijo una vez “Hay veces que no entiendes sus palabras, pero la música es algo que se siente, no se comprende”. Es como ella lo siente, no tiene la razón absoluta. Tampoco es que la haya buscado, es humana y le gusta errar de vez en cuando.

El cielo oscurece según el sol se esconde tras las montañas, y el viento cambia, soplando ahora de Migjorn, que viene del sur, arrastrando un poco de calidez. Cierra los ojos y escoge un poema de entre tantos al azar. Es su poema, ese que siempre le arranca una sonrisa tierna, ese poema de esperanza, amor y ambigüedad. Y George a su oído canta “so let out your heart, please, please, from behind that locked door” mientras ella recita con voz alta, pero suave, el declinar de un día y se instala en sus labios esa sonrisa boba y tierna por al cual siempre se ríe él.

- ¿Otra vez leyendo cochinadas?- le pregunta una voz rasposa de piel broncínea, greñas onduladas y ojos negros, mientras soltaba un suspiro al final del poema.

- Las cochinadas las reservo para ti- le contesta, no va a quedarse ella atrás. El se tapa la boca con una mano grande llena de cortecitos. Explota en carcajadas y se levanta apoyándose en el añejo tronco.

- Debería denunciarte por acoso sexual…

- Deberías- le contesta espolsándose el polvo- pero no lo harás.

- ¿Cómo estás tan segura de que no lo haré?

- Lo sé.


La mira de arriba abajo, evaluándola y radiografiándola, con los brazos en jarras

le reta:

-Convénceme.- Ella alza una ceja y sonríe levemente, y se acerca.

Se acerca, se acerca, y va notando el calor que mana de su cuerpo, es un palmo más bajita que él, y más rubia, y más mona, y con los ojos más azules y más espectaculares que haya visto nunca. Frunce los labios como si estuviese un tanto contrariada y le mira fijamente, y es protagonista de una de las caídas de ojos más magnificas de su vida mientras le dice “Entonces tendré que hacerlo”.

Se acerca tanto que sus pechos se rozan y se pone de puntillas. Sus narices se rozan, aún no ha cerrado los ojos, la ve inclinar levemente la cabeza hacía la derecha y cuando sus labios se rozan, cierra los ojos, y cuando su lengua los lame, se estremece y cuando finalmente se besan no puede evitar abrazarla con fuerza contra él. Sentirla, sentir que no es un sueño. La aprieta desde la cintura y ella pasa sus brazos por detrás de su cuello y nota el tacto liso de la tapa del libro en una de sus orejas.

Y con sus besos se deshacen como una vela al sol

Y todo se llena de patchouli y hierbabuena,

Y de destellos dorados y castaños.

De sabor a miel y a menta.

De primavera.


15 de julio de 2009

Good Times Better

- ¡No toques el maldito tocadiscos!- le advierte tumbada desde la cama- Esta canción es cojonuda.

- Ya sabes que no…

- ¿Desde cuando?- los ojos azules de Dagna se clavan en el como dos dagas afiladas- ¿Desde que te enteraste de lo del pardillo ese?

- No empieces… Si quieres que deje la puta canción la dejaré- Stu se sienta en el suelo y se apoya algo bruscamente contra la estantería que se balancea haciendo caer un sujetador a su regazo. Lo coge y se lo lanza a la propietaria que tararea con un cigarrillo en los labios “Stairway to Heaven”. Cuando le golpea en plena cara tirándole la ceniza a la mejilla se levanta enfadada y le lanza con rabia el cigarrillo a él.

- ¿¡Qué coño haces!?

- ¡No! ¿¡Qué coño haces tú!?- se arrodilla en la cama deshecha y le increpa con las mejillas sonrojadas por el cabreo naciente- ¡Me has quemado la puta mejilla!

- Ya será menos- le resta importancia desviando la mirada hacia la ventana.

Así es como no ve que se le viene el maremoto encima. Dagna con las mandíbulas apretadas de pie frente a él y le pega una patada en la espinilla. Este con un rictus de dolor la mira gélidamente.

- Gilipollas.

Sale de la habitación pegando un portazo. Stuart intenta calmarse y coge el cigarrillo abandonado en el suelo. Fuma y su enfado se desvanece con el humo que sale de su boca. No puede, de verdad, que no puede dejar de tener esos arranques “de mama gallina”- como suele burlarse John- cuando se trata de Dagna y sus ligues, de sus polvos con desconocidos en bares de mala muerte. Sabe que es majorcita y puede cuidarse muy bien sola. Más de una vez se lo ha demostrado, pero no puede, y de verdad que lo intenta, pero es imposible no preocuparse por una persona que significa tanto en tu vida.

No, no es amor, por mucho que le repita John. Al menos no ese tipo de amor (romántico dirían algunos). Sino más bien amor de ¿hermanos? Sí, algo así.

“Con el matiz de que a veces folláis Stuart, y eso, en mi pueblo, se llama incesto”

¡Solo pasó una vez! Y ni siquiera han hablado de ello. No tuvo importancia.

“Un calentón, nada más” “¿Nada más?”…¡Sí!”

Entonces la puerta se abrió, de golpe, como si se abriera por la fuerza de un huracán y por ella entra la protagonista de sus pensamientos solo que con una toalla enrollada al cuerpo y el flequillo goteándole por la cara y el cuello.

¿Cuánto tiempo ha estado sumido en sus pensamientos? No lo sabe, la ceniza del cigarro sigue ligado a su cadáver, la colilla, y él lo sigue sosteniendo entre los dedos.

Entonces Dagna observa como mira el cigarrillo y le parece tan cómico que suelta una carcajada, explosiva, y le tiende el cenicero.

- ¿Qué Steewie? ¿Perdido entre tus lentos y densos pensamientos?- le pregunta con burla en el tono. Nota que el enfado ha debido irse con el agua que gotea por su cuerpo, ese cuerpo. Al igual que el suyo se ha esfumado con el humo del cigarrillo.

- Más bien...

- Pensar tanto no debe ser bueno para tu libido.

- ¿Cómo llegas a esa conclusión?-Stu alza una ceja y Dagna se sienta en la cama, se enciende un cigarro y mientras expulsa el humo le suelta:

- Porque piensas mucho y follas poco…

Stu frunce el ceño y Dagna sonríe de medio lado, muy felina, muy ella. Suena “Black Dog” y en ese momento sabe que, de alguna forma, Led Zeppelin se ha inspirado en la perra negra que tiene delante. Esa que se fuma un cigarro mientras le caen gotas por el cuello y se pierden en la toalla desgastada, estirada en la cama deshecha de sábanas más que sudadas por muchos, muchos, hombres…

Pero no podría estar tan en desacuerdo con el final:


“Need a woman gonna hold my hand
tell me no lies, make me a happy man”


Stuart no quiere, no desea,

A otra tía en su vida.



21 de junio de 2009

Never before


Se ha bebido algunas cervezas, bueno, bastantes cervezas como para no saber exactamente que hace, algún que otro whisky como para olvidarse de pensar. ¿Qué es eso? No sabe quien le acompaña hasta la habitación que tiene alquilada, de verdad no tiene ni idea. Solo se acuerda que le invitó a una cerveza en uno de los tantos bares que frecuenta de vez en cuando en esas noches que se siente- mierda de vida- demasiado sola. Y ahí están devorándose con la boca mientras ella de espalada trata de abrir la puerta de su habitación sin torcerse la muñeca, aunque eso no le importa mucho, ahora.

Logran entrar y tropiezan con toda la mierda- ropa, botas y libros- que hay tirados por el suelo del cuchitril aquel. Huele demasiado a sucio y a cerrado, incluso a rancio, pero ahora da igual. Se chocan contra la estantería- llena de libros y papeles arrugados- y ella le besa con brusquedad, puede que con demasiada violencia. En un momento él se queja.

- ¿Qué coño esperas?- le pregunta algo desagradable, algo mordaz añade- Esto no es precisamente delicado.

Sin más arremete con la lengua, se la pasa lentamente por el paladar para después separarse y morderle los labios con fuerza, algo desmedida. Le coge de la chaqueta y le empuja ciegamente hacia la cama donde cae de culo. Se sienta encima, sin darle tiempo a reaccionar y comienza a desvestirle con rapidez. Necesita, le urge, explotar ya. Ya.

No sabe como llegan a la situación en que están los dos arrodillados, ella pegada la pared, donde debiera estar el cabecero, él frente suya. La saliva se entremezcla con hilillos de sangre que manan de ambos labios por la fuerza de los besos. Los dientes entrechocan, no existe coordinación ninguna, ni compás, solo un ritmo febril que cada uno marca como le gusta. Él intenta ir más despacio, pero ella no le deja, impone su ritmo brusco y violento. Caliente y muy, muy húmedo.

Ella le abraza por la espalda, le clava los dedos y las uñas mientras le sube la camiseta de Led Zeppelin que se le atasca con las gafas- ¿llevaba gafas?-, cuando logran sacarle la cabeza jadea con más insistencia, con los rizos cortos y rubios alborotados y los ojos miopes desenfocados. Se tumban y una mano resbala por un vientre blanco metiéndose bajo la ropa, acariciando algo muy distinto a lo que tiene. Se acarician mutuamente fuertemente, al mismo tiempo que no dejan de morderse y frotarse la una contra el otro. Se quitan los pantalones, él lleva calzoncillos, ella no tenía bragas limpias que ponerse. En un momento en que sus bocas dejan de devorarse con dientes, saliva y sangre, ella enreda una mano en sus rizos rubios y la mantiene apartada de su propia cara, la otra mano le acaricia, ahora si, con demasiada lentitud para el joven que boquea con más frecuencia. Acerca su boca a su oreja que lame y luego susurra “en el cajón están nene…” No hace falta más.

Sacándosela del calzoncillo ella se lo pone, mientras él mira como lo hace- en una posición un tanto incomoda para el cuello- luego ve, como después de deslizárselo se acaricia ella misma, paseando sus dedos entre sus piernas.

- Resbalo…-le susurra con un tono demasiado pornográfico, demasiado erótico, demasiado todo. El gime con solo oírlo.

No esperan más, porque ella no le deja esperar más. Le atrae con su mano y le abraza con las piernas, notas las hebillas de las botas rozar su espalda sudorosa. Empuja, embiste y ya no puede pretender llevar un ritmo más lento. Ella no le deja. El ya no lo intenta. No quiere.

- Dag…na…- jadea su nombre- ¿así se llamaba ella?- a su oído mientras arremete con fuerza y sus caderas chocan demasiado fuerte y ella emite un quejido, entre dolor y placer.

Incluso estando en posición pasiva, es ella la que lleva el ritmo delirante, la fuerza, la violencia, quiere venirse ya. Lo quería hace minutos y ahora lo necesita.

Explotan, se gritan improperios y palabras calientes mientras se corren.

Cuando todo se calma, el intenta besarla pero ella aparta la cara y le empuja para que se aparte porque es ahora- cuando después del orgasmo se le ha bajado el pedo- cuando nota el peso encima de ella. Saca un paquete de cigarros del cajón, al lado de los condones, y se enciende uno. Entre las volutas de humo ve como el chico que ha subido empieza a vestirse mientras le dice algo de si se volverán a ver o si podrían repetirlo o si bla-bla-bla. No le hace ni puto caso. No le interesa que coño quiera hacer el tío ese, pues se está perdiendo en sus pensamiento, en sus reflexiones.

Nunca ha dejado que un tío la besara después de follar. Nunca. ¿Nunca?

Oh, joder…