16 de febrero de 2009
La Camarera de la Condesa II
- Bella.- le susurró clavando su mirada plateada en ella mientras observaba con regocijo como las mejillas de la castaña se enarbolaban.
Daniella al saberse sonrojada enterró su cara en el hueco del cuello de la condesa. Oyendo, para su mayor vergüenza, la risa de Cornelia. La castaña como venganza subió sus manos hasta las costillas de la joven pálida y procedió a hacerle cosquillas.
- ¡Para¡!Para¡- consiguió decir entrecortadamente entre sus propias risas y las de su compañera. Su único punto débil conocido; sus malditas cosquillas.- ¡Para te digo!
Cordelia consiguió sentarse y hacer caer de espaldas a Daniella que hasta ese momento había estado encima de su cintura. La noble, ya sentada y sin reírse intentaba recuperar el aliento, mientras la castaña desnuda tirada sobre la cama reía sin tregua, dejando oírse una risa clara y ruidosa. Poco a poco todo se quedó en silencio. En un silencio tranquilo e íntimo. En el momento en el que abrió los ojos y vio la mirada lasciva de la otra mujer se dio cuenta de su posición desaventajada, desnuda, desparramada de espaldas sobre la cama, que tanto atraía a la mirada plateada que paseaba por su cuerpo. Antes de poder siquiera moverse el cuerpo pálido de la noble se le echó encima. Ya no podía escapar, pero tampoco es que lo deseara.
9 de febrero de 2009
La Camarera de la Condesa
“Y que nadie nos moleste” había susurrado envenenadamente la joven según su pobre amigo.
Llegó temblando, terriblemente asustada, frente a la puerta de su señora, tomando un poco de aliento y colocando su castaño cabello, hizo amago de tocar la puerta para que le fuese permitido su paso, antes de poder rozarla siquiera está se abrió y unas manos blancas salieron disparadas y enlazaron sus dedos tras el cuello de Daniella para un segundo después sentirse arrastrada al interior de la cámara y ser besada con pasión por unos húmedos y finos labios.
La joven camarera se sorprendió al principio pero pasados unos segundos devolvió con igual pasión el beso. Cuando ambas se quedaron sin aliento poco a poco se separaron y Daniella suspiro trémula, apoyando la cabeza sobre el hombro desnudo de la condesa se abrazo a ella aun temblando. Sin hablar ni soltar su agarre se separó desplazando las manos del fino cuello de la joven sirvienta hasta sus enarboladas mejillas, acariciándolas, le instó a abrir sus ojos chocolate y posarlos en los orbes plateados de la joven condesa. Ambas se contemplaron fijamente antes de volver a fundirse en un tierno beso. La noble condujo sus manos hasta la curva cintura de su amante y la apegó a su cuerpo, Daniella cruzó sus brazos tras el finísimo y enjoyado cuello de la noble, apretándose más contra ella. Sin romper el beso, delicadamente los dedos largos de la condesa empezaron ha descordar el corpiño de su compañera, al desabrocharlo del todo lo deslizó por los hombros de la castaña, que no se había movido, dejándose hacer, tal y como le gustaba a su señora. Desplazando su beso hasta la mandíbula y cuello de la camarera, dejando su boca libre para soltar pequeños suspiros, acarició la piel bajo la camisa blanca deslizándola hasta que acompañó al corpiño en el suelo. Bajaron sus dedos haciendo un recorrido de los omóplatos hasta la cintura que acarició unos segundos para desabrochar las múltiples faldas que se deslizaron por sus piernas quedándose en pololos. Subió sus manos hasta los pequeños pechos de la castaña, arrancándole un gemido:
- Cordelia…-suspiró contra los labios de la mencionada.
2 de febrero de 2009
Biel, también llamado "hermano"

Ocurrió una agradable y soleada mañana de verano. Mi padre nos despertó temprano para que desayunáramos tranquilamente, sin molestar mucho a nuestra madre- que desde hacía unos meses había enfermado de corazón y descansaba agotada en la cama- Mi padre, por aquel entonces, era un hombre apuesto y de complexión fuerte, de cabellos castaños oscuros y ojos avellana, algo que le caracterizó fue el fino bigote que delineaba el labio superior. De mi madre, de quien menos imágenes tengo, por alguna fotografía recuerdo que era una mujer bellísima de cabellos rubio ceniza y ojos glaucos- el espejo donde se reflejaba toda esa belleza residía, en masculino, mi hermano-.
Para distraernos, pues pasamos ese verano prácticamente metidos en casa, velando por la salud de madre y preocupados por ella, decidieron llevarnos al barranco que había en el pueblo, cerca del río Palencia a pasar la mañana. Según me contó padre más adelante, en el futuro, fue madre la que insistió en que se encontraba mejor y que los niños debían disfrutar y jugar como lo que eran. Niños.
Así, poniéndonos nuestras galas veraniegas, mi padre sus bermudas, camisa fresca y sombrero de paja, mi hermano sus pantalones cortos y yo mi bañador confeccionado por mi madre, nos dirigimos paseando camino hacía la desgracia que
Mi padre, que nunca estuvo en aquel lugar, al llegar y ver los remolinos que se formaban en el agua dulce y cristalina, por aquel entonces, del río nos prohibió lanzarnos al agua y, advirtió a mi hermano que tuviese cuidado de la pequeña “golondrina”- como me llamó cariñosamente, siempre, mi padre-. Así, mi padre se recostó contra el saliente de una roca y, por cansancio, el sueño le venció.
Mi hermano y yo jugábamos despreocupados, demasiado cerca del barranco. Biel tumbado- como lo llamamos siempre en el circulo familiar y de amigos más cercanos- y yo acuclilladas estábamos frente un hormiguero, mi hermano con un palo instaba a las hormigas salir para luego con los dedos sucios aplastarlas contra el suelo arenosos. Yo- que por entonces contaba con 4 años-, aburrida del juego asesino de mi hermano mayor, observé en un matorralillo cercano, muy cercano al barranco una mariposa de bellos colores que captó mi infantil atención y como si de un hechizo de Hécate se tratase me acerqué embelesada, corriendo desde donde estábamos. Biel, viendo mi carrera, como resorte se levantó y salió disparado para parar mi carrera. Lo hizo, pero yo, con brusquedad me zafé de su agarre y me acerqué a la cascada que salía de la roca. Al verla quedé maravillada y le pregunté a mi hermano por que salía agua de la roca, él simplemente se encogió de hombros y se puso a mí lado. Me obligo a sentarme en tierra y él hizo lo propio a mi lado, jugamos un rato con el agua, reímos y nos mojamos… Pero, al segundo siguiente mi hermano caía barranco abajo, golpeándose en la caída la cabeza contra una roca saliente. Yo, recuerdo, quedarme quieta, muy callada con los ojos fijos en el cuerpo inerte de mi hermano.
Pasaron largos minutos y la voz demandante de mi padre a mi espalda, me reprehendió por acercarme tanto y me increpó preguntándome por mi hermano.
“Está ahí” le dije con voz inocente señalando el barranco. Mi padre, lívido y pálido, sin sangre ni calor en el cuerpo corrió a asomarse al barranco. Lo último que quedó en mi fue el grito desesperado y horrorizado al comprobar, que por un descuido suyo, su hijo, su primogénito, había muerto despeñado.
Dos días después, a causa de la gran fatiga tanto física como psíquica que le produjo la muerte de Biel, mi madre murió de un ataque al corazón.
Los enterramos a los dos el mismo día, en el Cementerio de Valencia.
Pero mi hermano nunca se fue de mi lado, y lo tuve presente en cada uno de los momentos de mi vida. Todo lo que hice lo hice en honor a él, porqué yo, aún ahora contando con 91 años de edad, sigue reconcomiéndome la culpabilidad de la muerte de mi hermano. Porque si no hubiese sido por mi mano, Biel no hubiese muerto tan temprano. Yo, sin malicia, como un juego de niños, lo empuje hacía el barranco acabando con su vida a los ocho años.
Pero se que él me perdona, me quiso y me querrá y pronto, muy pronto me reuniré con él, para siempre… Con Biel, mi hermano.
23 de enero de 2009
Flor
Doncs plorava, plena de pena puix la flor seua moria.
Plorava, oh melancolia, plantares esperances en la terra
I amb mans sinistres l’assecares d’aquella.
Plorava. Llunes d’argent i Sols d’or les llàgrimes veien.
Doncs plorava, de nit, de dia la nostàlgia mossa feia.
Plorava, oh tristesa meua, esperances plantares a terra
I amb mans sinistres l’assecares d’aquella.
Oh, mala llavor negra!
Obscur el teu color com la teua ànima
Il•lusions a una dona estèril
Que a la terra li confia la seua maternitat
I la terra li escopí el fill amb temor!
Oh, mentider enganyós!
Aprofitant-te dels anhels d’una pobra dona
Sense terra erma que conrear
Sense home que llavor li done
Oh, que els deus no tinguen perdó dels maleïts!
13 de enero de 2009
Michelle
* * *
La brisa, que acariciaba las hojas secas y cálidas, mecía sus rizos castaños y observé que se arrebujaba en su abrigo canela.
Como su olor.
Sentada en un banco me esperaba para decirme “Adieu” para siempre.
Yo dudé entre acercarme y hacerlo real o salir corriendo… Pero, ella, se iba a ir de todas formas, fuera o no a despedirme…
Con resignación y tristeza metí mis manos enguantadas en los bolsillos de mi chaqueta de pana y me acerqué. Me senté a su lado.
No la salude y ella tampoco lo hizo.
No nos miramos y estuvimos, así, juntos toda la tarde. Sin saber qué decir, sin saber como despedirnos.
Solo silencio.
Cuando el sol caía se levantó y de espaldas en un susurro se despidió y hecho a andar abrazándose…
Entonces yo la llamé “¡Michelle!”. Ella paró pero no se giro. “Te quiero” murmuré con los ojos fijos en su espalda. Oí un suspiro y volvió a caminar por el paseo.
Yo me quedé parado, fijo, de pie, al lado del banco y cuando estaba por irme- pues no soportaba verla marchar con indiferencia- ella se giró:
“Je t’aime”
Lo leí en sus ojos glaucos. Lo leí en sus labios rojos. Lo leí en las lágrimas cristalinas que caían por sus rosadas mejillas.
* * *
Y se fue.
Lejos.
Y nunca volví a ver a
“mi Michelle”
21 de noviembre de 2008
El Canto oscuro del Cisne al Cuervo
Caía la noche, la suave y fría brisa de invierno removía la hojarasca otoñal, aún resistía los embates del duro invierno. Persistentes hojas. El cielo púrpura, cuajado de pequeñas estrellas, donde la argente Selene era desafiada por unas dispersas pero grises nubes. Reflejada toda esa guerra en el lago quieto de bordes congelado…
Imposible contabilizar cuantas lunas llevaba acudiendo a aquel misterioso lugar. Imposible saber cuántas noches llevaba, postrado, velando su tumba… Desde hacía días yacía Ella dentro de una absurda caja de nogal. No había lápida que señalara su lugar de descanso eterno, solo un postrado y sumiso árbol ennegrecido y seco por dentro. "Como él desde que todo ocurrió". La tierra removida delataba que allí Ella enterrada estaba. "Aún recuerda el día que la encontró…"Muerta.
***
Caminaba por las calles llenas de niebla y vapores, con pasos raudos. Sus botas de piel resonaban entre las paredes de las estrechas callejuelas por donde pasaba. Al doblar la esquina un escalofrío recorrió su columna y sintió un frío gélido expandirse por su cuerpo. Dentro de su cabeza había escuchado un grito aterrador. De muerte. De Ella. Apretó tanto el paso que sin darse cuenta acabó corriendo hasta el lugar donde se dirigía.
Cuando llegó, sin demora, cruzó la puerta sin saludar y subió las escaleras de moqueta roja. Llegó hasta la última planta y se cruzó a un hombre al que ni siquiera prestó atención y no devolvió el saludo. Abrió la puerta y la llamó. Cuan grande fue su horror al divisar el cuerpo pálido e inerte reposar grotescamente sobre el sillón victoriano. Olvidó como respirar, su corazón cesó todo movimiento y sus ojos fijos en el horror repasaron el cuerpo de su amante. El de Ella.
Reposando, lánguido y sensual, blanco como la nieve virgen, sobre el sillón granate se encontraba su cuerpo. Su cabello casi plateado, revuelto. Su mano caía pesada hacia el suelo, donde sus dedos se manchaban con una sustancia viscosa proveniente de sus muslos. Su pálida mostraba varios arañazos en su mejilla, su boca estaba amordazada y sus ojos abiertos le devolvían una mirada vacía
…
Fue consciente de él mismo de nuevo, cuando notó dos lágrimas cálidas rodar por sus mejillas hasta perderse en el cuello de su camisa. Desembarazándose de su sobrero y de su chaqueta se dejó caer de rodillas, sin importar cuanto daño le causara, frente al cuerpo de su amada. Abrazó su frío cuerpo, quitándole con brusquedad la tela que la amordazaba, observando su mueca aterrorizada, en sus labios, antes rojos ahora amoratados, quedaba el último resto de aquel grito ahogado que él había sido el único que lo había oído.
Maldijo y lloró abrazado a su hermoso cuerpo, acariciando su bello y brillante cabello, lamiendo sus arañazos y heridas, besando sus violáceos labios, acariciando su piel de porcelana, limpiando sus manchados muslos con su lengua…
Una mañana gris, llena de nueves grises que amenazaban tormenta de blanca nieva, enterró su joven y bello cuerpo dentro de esa caja de nogal que había conseguido. Y con sus propias manos cavo su tumba, la posó junto a tres flores- una orquídea, un crisantemo rojo y una rosa roja- y despidiéndose con un beso "agitando las hojas de la poesía" la enterró entre la tierra húmeda…
***
La noche había caído y su Reina irradiaba destellos de plata sobre el lago. Y allí estaba, atormentado, guardando su muerte, castigándose por no haber guardado su vida… Pudriéndose su espíritu, como el cuerpo de su amada. Volviéndose loco por segundos, maldiciéndose, culpándose cada insulso momento de su existencia en está tierra. Para él ya no tenía sentido. Con las manos manchadas de aquellos que habían acabado con la vida de su bella durmiente. Sin siquiera pensarlo, impulso de la lujuriosa luna, empeño de su atroz locura, de sus anhelos por verla de nuevo, por sentirla. Con sus manos empezó a cavar entre la tierra hasta rozar sus uñas sucias y manos la tapa de aquella ataúd. Levantó la tapa y descubrió su cuerpo vestido con ébanos y caros ropajes victorianos que había mandado confeccionar solo para Ella.
Y así, el acuclillado y Ella yaciente, con los ojos cerrados, rozando sus largas y negras pestañas sus pálidas mejillas, sus labios pintados con carmesí carmín, su tez totalmente serena. Sus manos, entrelazadas, sujetaban inertes las tres flores que el había posado, ya podridas entre sus dedos…
Con la fuerza que da la locura, sacó a su amada de la tumba y bajo el amparo de la lujuriosa Luna la desnudó para que todos los seres pudieran observar su etérea belleza. Con un movimiento de muñeca soltó el moño que recogía sus largos cabellos plateados. Por fin, de nuevo, desnuda: "Ensartada en mi vista, desnuda Ella se balancea…" y expuesta: "Su exquisito cadáver, encontrado apto para la diversión".
La besó. Recorrió su cuerpo solo rozándolo con los labios. Vio "su lujuria seguir manchando sus muslos". Sintiendo la furia hacer arder su carne, mordió cada parte de su cuerpo, posado sobre la fría hojarasca de otoño, "era como un licántropo hasta que la luna se veló". Arañó sus piernas, hundió sus manos entre su pelo, lamió su carne. La amó, sin apenas desnudarse. La amó, por última vez, a los ojos del mundo.
***
"Ahora sueño, escondido en las puras nubes del dulcísimo olvido". En una fría celda, inmovilizado de por vida, condenado a estar sin Ella pero si con torturas físicas. Loco le llaman a él. "Grito a través de mis rejas a las estrellas que por estos crímenes míos me consuelan". Loco de amor. Loco por ella. Y con la escapatoria en su mente agoniza anímicamente. La ve a Ella. Siempre… "Cuando con nuestros fantasmas en la niebla los dos no volvamos nunca…" La ve tendiéndole su mano, con su sonrisa traviesa, su mirada de argente. Porque no está loco, sino muerto por dentro…
*** *** ***
· Inspirada en una canción de Cradle of Filth llamada “Swansong for a Raven”, del álbum de “Nymphetamine”. El relato tiene fragmentos de la canción traducidas al español por mí (no se si habrá algún error en cuanto a la letra inglesa).
11 de octubre de 2008
Estrellas
o.o.o.o.
En ésta triste historia no hay nombres, los hubo, pero se perdieron arrastrados por los vientos otoñales del tiempo. Nadie los recuerda. Ninguno realmente supo de éstas clandestinas escenas… Pero se relata y cuenta la leyenda urbana…
Todo empezó una fría noche a principios del siglo veinte, cuando proliferaron los cabarets a lo largo y ancho de Europa, particularmente en Francia y en Alemania. En uno de éstos excéntricos y pícaros locales trabajaba de camarera y bailarina nuestra primera protagonista: una chica extranjera por esos lugares, de complexión delgada, llegando a la “esmirriadez”-depende de con el ojo que se mire- de cara ovalada enmarcada por una larga melena ondulada azabache; de mejillas sonrosadas, labios pálidos y orbes color argente.
Esa noche el cabaret había cerrado ya sus puertas, alta la madrugada, y los que allí trabajaban recogían y adecentaban como podían el local. Nuestra protagonista estaba ensimismada restregando un trapo, más limpio que sucio, por la barra hasta que el sonido estridente de las risas de una de sus colegas la despertó de su ensueño.
En uno de los pequeños y viejos sillones estaban dos de sus compañeros compartiendo más que palabras y dándose más que caricias delante de todos, seguramente otros estarían entre bambalinas haciendo lo mismo, otros apurando vasos de absenta sentados alrededor de una de las mesas mientras fumaban y jugaban a algún juego de cartas, mientras, los demás recogían sus penas, sus instrumentos y sus atuendos para irse a casa, ella era de los últimos. Cada uno ahoga las penas como mejor le viene en gana, fue lo que pensó. Porqué obviamente, trabajar y vivir cómo y dónde lo hacían no era del gusto de nadie… O, al menos, de pocos el gusto.
Sin ni siquiera decir una palabra de despedida, salió por la puerta de atrás, únicamente para los que allí trabajaba. Cogiendo su bolsa de cuero desgastado, donde llevaba su ropa de calle, aún con el atuendo de trabajo, se dirigió a la pensión donde vivía con paso raudo, a causa del frío más que del temor a que le ocurriese algo. De camino a la pensión pensó en cuán concurrido había estado el local aquella noche, lleno de obesos burgueses de largos bigotes e iguales manos, acompañados muchos por sus respetabilísimas mujeres igual de orondas… Pero, cuando salió a actuar, entre todas esas caras horrendas y grasas resplandeció con luz propia una suave y blanca faz, de labios rojos curvados en una sonrisa sutil y ojos verdes como un prado mojado, enmarcada por unos tirabuzones cobrizos. La mujer más hermosa que había visto nunca. Nuestra segunda protagonista.
Durante la actuación no dejó de observarla, de contemplarla, pero un tropiezo que la hizo trastabillar cayendo por detrás del escenario a unas cajas, que rompió estridentes y grandiosas carcajadas al público, hizo que la perdiera de vista. Cuando volvió a la barra no la encontró entre todas esas grotescas caras. Se había ido…
o.o.o.o
Pasaron los meses, y volvió a encontrar a la joven pelirroja de largos y ensortijados tirabuzones. Cuentan que se enamoraron a primera vista, uno de esos amores prohibidos que te empuja desde dentro, que las hizo caer en el vicio de lo pecaminoso, de lo lésbico. Dicen, y es un hecho, que se hicieron amantes…
Los encuentros nunca se produjeron en la suntuosa casa de la joven burguesa de pupilas esmeraldas, sino que fueron testigos mudos las paredes de papel ajado, los humildes muebles viejos, la pequeña cama, las sábanas amarillentas de las habitaciones alquiladas por la joven morena.
Una de esas noches estrelladas, las jóvenes bebían su amor a besos, lo escribían en la piel de la otra con caricias, se amaban con las palabras entrecortadas y gemidos quedos. Ambos cuerpos desnudos, uno delgado, otro lleno de curvas sinuosas, se movían sensuales entre las bastas sábanas. Manos que iban a todas partes, apretando y arañando presas del su febril pasión, lenguas que intentaban sofocar el calor repartiendo saliva por sus miembros, alientos que intentaban escapar, pero sin querer hacerlo, del sofoco del momento. Se ahogaban en ellas, llenas de pasión, de amor.
Cuando todo explotó en blanco, y sus ojos volvieron a ver las paredes ajadas- la tímida luz de las farolas de la calle entrando por la ventana iluminando su culminado pecado- y sus bocas volvieron a respirar el aire cargado, y sus cuerpos, aún temblorosos, reposaron laxos y relajados sobre las revueltas sábanas, cuando notaron el frío que calaba en sus aún calientes carnes, se metieron entre los lienzos amarillentos y abrazadas intentaron conciliar el sueño... Pero éste tardó en llegar por lo que se acariciaron con ternura bajo las sábanas, ayudando a Morfeo en su tarea por envolverlas en un plácido sueño. Y así soñaron.
Cuentan que otras muchas noches después de hacer el amor, se quedaban ambas denudas, abrazadas bajo las sábanas y que la joven de ojos plateados acariciaba a la otra pálida ninfa de tirabuzones rojos, mientras hablan de sus vidas, de sus miedos y anhelos, de sus fantasías. De ellas. De su amor.
o.o.o.o
Tras largos meses de visitas furtivas y fogosos encuentros, una noche de estrellas brillantes y luna menguante, después de hacer el amor, que a ambas les supo amarga por diferentes razones, nuestra segunda protagonista de cuerpo curvilíneo, sentada sobre la cama, tapada por la fina sábana contempló como la otra delgada mujer, desnuda, de pie sobre el frío suelo, observaba las estrellas y le decía que eran tan resplandecientes como ella. Su última bella imagen antes de la tempestad.
El silencio se alargó minutos, y finalmente la burguesa murmuró con palabras quedas y ojos húmedos lo que la morena nunca deseó oír. Se casaba, le dijo trémula pero decidida, se casaba con un hombre de gran reputación, prestigio y, por supuesto, riqueza, cosas de las que ella carecía. Con los ojos fuertemente cerrados aguantando la rabia que comenzaba a surgir de su interior oyó sin casi escuchar las razones por las cuales su amante la abandonaba por un individuo mejor posicionado que ella.
Tras los silenciosos y tensos segundos que prosiguieron después de la explicación, la joven desnuda, sin tan siquiera mirarla, se acercó al perchero y cogió una bata. De repente, en esta noche casi estival, su cuerpo se había quedado helado, congelado como si a su alrededor todo fuera nieve, hielo. Y tras una profunda respiración le recriminó sin levantar la voz, en tono susurrante pero afilado, todas aquellas veces que le había proclamado su amor y fidelidad. Dirigiéndole una última mirada dolorida, rota y furiosa. Enlazando por última vez sus orbes de argente con los licuados orbes esmeraldas, con un adiós visual se despidió de ella y se encerró en el baño.
Al cabo de las horas, cuando volvió a salir -más demacrada, rota y triste, con la cara congestionad, los ojos llorosos y la garganta constreñida- lo único que quedaba de su enamorada era el sutil perfume de su cabello y piel flotando insolente por la habitación. Cuentan que los cimientos de la vieja y pequeña pensión temblaron con el grito desgarrador le siguió.
o.o.o.o.
Un día como cualquier otro en el cabaret: hombres borrachos de dedos largos, gordos y feúchos, señoras sobre-perfumadas y más pintadas que las propias bailarinas y bailarines, alcohol, música, cantos y bailes. Copas yendo y viniendo de la barra a las mesas y de las mesas a la barra, comidas rápidas viajaban del mismo modo. ¡Ay cabaret grotesco y bizarro! El de siempre.
Tras el último espectáculo, tras el último hombre que sale por la entrada, comienza la batalla en pos de la limpieza y la decencia del local para el día siguiente.
Vestida aún con su disfraz de muñeca con demasiados remiendos y rasgaduras, su faz pintada de blanco con los pómulos muy coloreados y los labios color carmín, sus ojos rodeados de profundo negro, y la melena recogida en dos grandes y largas coletas, ayudó a acomodar sillas y mesas, a barrer comida y a fregar bebida del suelo pegajoso, recoger el escenario y a guardar el vestuario en los pequeños camerinos otorgados a las grandes “estrellas” del cabaret del número cuatro.
Despidiéndose uno de los músicos homosexuales de ella, salió por la puerta de atrás como aquella primera vez que había visto a la joven pelirroja, largo tiempo atrás, pero aún abierta la herida. Con su bolsa de cuero, pero ahora con sus ropas negras y marrones de calle, sin desmaquillarse salió a la fría noche estrellada- después de tantos días de tormenta-. Anduvo camino a la pensión, resguardándose del frío, por una de las calles principales de la cuidad, pero antes de girar la esquina que le llevaría a su pensión, no sabiendo bien la hora que era vio un coche (uno de los pocos que había en la ciudad) pararse en una de las esquinas de la calle en la otra acera y vio salir dos individuos. Un hombre y una mujer.
Nunca pensó que las farolas de las calles pudiesen ser tan crueles de iluminar esa escena tan denigrante, enfermiza, humillante y dolorosa a sus ojos. Cogida del brazo del hombre de largo y negro abrigo y arcaico sombrero de copa inglés iba su ninfa de largos cabellos ensortijados y cobrizos, contemplando con sus pupilas esmeraldas resplandecientes la faz de aquel hombre y contestando con una radiante sonrisa a los insustanciales comentarios del caballero sobre la hermosa ópera que habían visto…
Nuestra morena protagonista sintió como su corazón, cosido con frágiles hilos que sostenían los trozos por fuerza de voluntad, explotaba en trocitos más pequeños que se clavaron con saña bajo la piel y carne, arañando el alma de forma desgarradora. Sin evitar que las lágrimas cubrieran sus argentes ojos ni que su garganta dejara escapar un sollozo estrangulado, giró apresuradamente la esquina corriendo hacia la pensión.
Cuando llegó entrando al baño empezó a quitarse la pintura con las manos de forma brusca y dolorosa, magullando la sensible piel, enrojeciendo de más la pálida faz, restregó con el dorso de su mano varias veces sus labios esparciendo de forma grotesca la pintura carmesí de sus labios, las lágrimas que caían sin consuelo manchaban de negras pero pálidas líneas sus mejillas. Sus dientes apretados intentaron aguantar el llanto, hasta que la furia se hizo presa de su cuerpo y con un grito ahogado y ronco estampó sus puños contra el viejo espejo haciéndolo añicos como su corazón, cortando sus pedazos la fina piel de sus manos, produciendo cortes superficiales pero dolorosos. Empujada por la fuerza de sus acciones contra la pared de manera brusca se dejó resbalar, con silenciosos y amargos sollozos, por los blancuzcos azulejos… Sintiéndose rota, destrozada, usada, lastimada, dolorida, furiosa consigo misma, con ella. Con todo. Con las estrellas…
De ahí (cuentan, comentan, murmuran, relatan, dicen) el que odie tanto a las estrellas. Ellas se lo dieron y se lo arrebataron todo, sin piedad, a ella. A su amor. A su vida. Arrebatado por las estrellas…
Malditas estrellas…
* Relato pensado el día 5 de noviembre del año 2006, una noche de madrugada, inspirado por una canción de Lacuna Coil “Stars”. Relato realizado la madrugada del 11 de octubre de 2008*